Los Nobel de Química que la guerra dejó en pausa: 1940 – 1944
Cada octubre, el anuncio del Nobel de Química es una cita fija en el calendario científico. Pero hubo un tramo de la historia en que esa cita simplemente no llegó. Entre 1940 y 1942, el mundo no tuvo un nuevo laureado en Química. Y aunque suele hablarse de «los Nobel que se perdió la Segunda Guerra Mundial» como si el bloqueo se hubiera extendido limpiamente hasta 1943, la realidad —como casi siempre en historia de la ciencia— es un poco más enredada y bastante más interesante.
Vamos a desenredarla: qué pasó realmente con esos años, por qué el Comité Nobel decidió no entregar el premio, qué consecuencias tuvo esa pausa para la ciencia y para las personas involucradas, y algunas curiosidades que parecen sacadas de una novela de espías —porque, en más de un sentido, lo son.
¿Qué años faltaron realmente?
Antes de entrar en las razones, vale la pena poner el dato exacto sobre la mesa, porque cambia el relato: el Nobel de Química no se otorgó en 1940, 1941 y 1942. El de 1943 sí se concedió (a György (George) de Hevesy, por su trabajo pionero usando isótopos como trazadores en procesos químicos), aunque la ceremonia se retrasó y se celebró en 1944. Y, en un giro casi simétrico, el premio «de 1944» —para Otto Hahn, por el descubrimiento de la fisión de núcleos pesados— tampoco se entregó a tiempo: se otorgó recién en 1945.
Es decir, el verdadero vacío duró tres años consecutivos (1940-1942), pero el «efecto guerra» sobre la ceremonia se sintió durante cinco años seguidos (1940-1944), porque incluso cuando hubo premio, hubo retraso. Y no fue exclusivo de la Química: durante esos mismos años tampoco se entregaron los Nobel de Física (1940-1942) ni de Medicina o Fisiología (1940-1942). El de Literatura estuvo en pausa de 1940 a 1943, y el de la Paz —el más golpeado de todos— no se entregó entre 1939 y 1943, cinco años seguidos.
Las razones: lo que dicen los estatutos y lo que dice la historia
La explicación oficial
Los estatutos de la Fundación Nobel son parcos y elegantes: si ninguno de los trabajos considerados alcanza «la importancia indicada» en el testamento de Alfred Nobel, el dinero del premio se reserva para el año siguiente. Si al año siguiente tampoco aparece un candidato a la altura, la suma pasa a los fondos restringidos de la Fundación. Esa es, formalmente, la única razón que consta en los archivos para los años sin premio: no hubo un candidato «suficientemente importante».
Es una explicación técnicamente correcta y, al mismo tiempo, bastante insuficiente para entender lo que realmente ocurrió.
La explicación real: un sistema de nominaciones en pedazos
El Nobel no lo decide un jurado que evalúa «lo mejor del año» desde cero: depende de un sistema de nominaciones, en el que cientos de catedráticos, académicos y laureados previos de todo el mundo proponen candidatos por carta. Ese sistema necesita, para funcionar, algo que en 1940 dejó de existir en buena parte de Europa: correo internacional fluido, universidades operando con normalidad y científicos con tiempo y libertad para escribir cartas de recomendación en lugar de estar movilizados, desplazados o directamente perseguidos.
Con media Europa ocupada, las líneas de comunicación entre nominadores de países en guerra —o entre países del bando aliado y del eje— se cortaron o se volvieron extremadamente lentas. Muchos científicos que en tiempos normales habrían nominado candidatos estaban dedicados a investigación militar, desplazados por la guerra o, en el caso de numerosos colegas judíos, huyendo para salvar la vida. El resultado fue un adelgazamiento drástico y una fragmentación geográfica del pool de nominaciones: exactamente el escenario en que un comité, aplicando el criterio estricto del testamento de Nobel, prefiere no otorgar el premio antes que hacerlo con una base de candidatos incompleta.
Una neutralidad bajo asedio
Suecia, sede de la Fundación Nobel, se mantuvo neutral durante toda la guerra, lo cual permitió que la institución siguiera funcionando. Pero el Instituto Nobel en Noruega —responsable del Nobel de la Paz— vivió la guerra de un modo mucho más literal: Noruega fue invadida y ocupada por Alemania en 1940, y entre 1943 y 1944 el régimen colaboracionista de Vidkun Quisling intentó absorber el Comité Nobel noruego dentro del Ministerio de Cultura, como parte de lo que uno de sus ideólogos llamó la «reorganización ideológica de Europa». El intento fracasó, en buena medida porque el edificio del Instituto pertenecía legalmente a la Fundación Nobel sueca y no al Estado noruego —un tecnicismo legal que, en la práctica, salvó a la institución de caer en manos nazis.
La sombra de Hitler sobre el propio premio
Hay una razón adicional, más política que logística, que enrareció el ambiente alrededor del Nobel en esos años: en 1935 el Comité noruego le concedió el Nobel de la Paz a Carl von Ossietzky, un periodista pacifista que en ese momento estaba preso en un campo de concentración nazi por denunciar el rearme secreto de Alemania. Hitler se lo tomó como una afrenta personal y, en respuesta, prohibió a cualquier ciudadano alemán aceptar o siquiera conservar un Nobel. La orden llegó a afectar directamente a la Química: los alemanes Richard Kuhn (laureado en 1938) y Adolf Butenandt (laureado en 1939) se vieron obligados a rechazar el premio bajo presión del régimen. Solo después de terminada la guerra pudieron recibir el diploma y la medalla; la dotación económica, nunca.
Las consecuencias: pospuesto no es lo mismo que perdido
La consecuencia más directa, y la más alentadora si se mira con perspectiva, es que en la mayoría de los casos el reconocimiento se retrasó, pero no desapareció:
- El propio George de Hevesy recibió su Nobel de 1943 en la ceremonia de 1944.
- Otto Hahn recibió el Nobel «de 1944» en la ceremonia de 1945, ya con la guerra terminada en Europa.
- En 1941 fueron nominados a la Química James B. Sumner, John H. Northrop y Moses Kunitz, sin que ese año se otorgara premio alguno. Sumner y Northrop terminarían compartiendo el Nobel de Química de 1946 —junto con Wendell Stanley— por sus trabajos sobre la cristalización de enzimas y proteínas virales. El reconocimiento llegó, solo que cinco años más tarde de lo que sus colegas habían propuesto.
Hubo también una consecuencia económica silenciosa: cada año sin laureado significaba dinero «congelado» según los estatutos, primero reservado y, de no resolverse al año siguiente, trasladado a los fondos restringidos de la Fundación —un mecanismo administrativo discreto, pero que deja ver hasta qué punto la guerra alteró incluso la contabilidad de una institución que hoy asociamos con prestigio puro.
Y hay una consecuencia menos contable y más humana: una generación de científicos vio cómo sus mejores años de producción coincidían con la imposibilidad de que el mundo científico se enterara de lo que estaban haciendo, los evaluara y los premiara con la normalidad de otras épocas. Algunos, como Sumner y Northrop, tuvieron que esperar. Otros, sencillamente, no fueron considerados alguna vez más.
Curiosidades: cuando la química se volvió clandestina
Si las razones y las consecuencias explican el «qué pasó», las curiosidades explican el «cómo se vivió», y aquí es donde la historia de estos años se vuelve casi cinematográfica.
El oro disuelto en un frasco de laboratorio. En abril de 1940, cuando las tropas nazis invadieron Dinamarca, dos medallas Nobel de Física —las de Max von Laue (1914) y James Franck (1925)— estaban guardadas en el Instituto de Física Teórica de Niels Bohr, en Copenhague. Ambos científicos las habían enviado allí precisamente para evitar que el régimen nazi se las confiscara, tras la prohibición que siguió al caso Ossietzky. Bohr temía que enterrarlas no bastara: los nazis registrarían el instituto a fondo. La solución la propuso el químico húngaro George de Hevesy: disolver el oro en agua regia, esa mezcla de ácidos nítrico y clorhídrico capaz de atacar incluso a los metales nobles. Cuando los soldados alemanes inspeccionaron el laboratorio, encontraron frascos con un líquido de color naranja entre decenas de reactivos más —y no repararon en que ahí, disuelto, seguía el oro de dos premios Nobel. Terminada la guerra, Hevesy recuperó el oro por precipitación química y la Academia Sueca mandó a fundir nuevas medallas, devueltas a sus dueños en 1952.
El químico que salvó dos Nobel y ganó el suyo el mismo año que tuvo que huir. La ironía no termina ahí: ese mismo George de Hevesy, arquitecto del rescate químico de las medallas ajenas, recibiría su propio Nobel de Química correspondiente a 1943. Y fue justamente en 1943 cuando, por su ascendencia judía, tuvo que huir de la Dinamarca ocupada hacia Suecia para salvar la vida —el mismo año en que la Academia sueca decidía honrarlo.
Un elemento químico que no podía existir «oficialmente». Mientras el Nobel de Química permanecía en pausa, uno de los hallazgos más importantes de la historia de la disciplina ocurría en absoluto secreto. El 14 de diciembre de 1940, el equipo de Glenn Seaborg en Berkeley aisló el plutonio, bombardeando uranio con deuterones en un ciclotrón. Por su potencial para fabricar armas nucleares, el descubrimiento se clasificó de inmediato y su publicación se retrasó hasta 1946, ya con el Proyecto Manhattan completado y la guerra terminada. Seaborg recibiría, años más tarde (Nobel de 1951), el reconocimiento por su trabajo con elementos transuránicos —un premio que, en cierto modo, también estuvo «pospuesto» por la guerra, aunque de una forma muy distinta a la de sus colegas de 1940-1942.
Una institución que sobrevivió por un tecnicismo legal. El Instituto Nobel noruego, sede del comité de la Paz, evitó ser absorbido por el régimen colaboracionista de Quisling entre 1943 y 1944 gracias a un detalle casi notarial: el edificio pertenecía a la Fundación Nobel sueca, no al Estado noruego. Alemania, más interesada en asuntos mayores que en litigar la propiedad de un instituto científico, terminó por desentenderse del intento de absorción.
Una pausa, no un final
Vistos en conjunto, estos años sin Nobel de Química no representan tanto un vacío como una fotografía nítida de lo que la guerra le hace a la ciencia: no detiene el conocimiento —el plutonio se descubrió igual, las enzimas se siguieron cristalizando, los isótopos se siguieron usando como trazadores—, pero sí rompe, durante un tiempo, la infraestructura que permite que ese conocimiento se comunique, se evalúe y se celebre con normalidad. El sistema de nominaciones se resintió, las medallas tuvieron que esconderse disueltas en ácido, y algunos de los hallazgos más trascendentales de la época tuvieron que esperar años antes de poder siquiera anunciarse.
Cuando el Nobel de Química volvió a su ritmo normal después de 1945, lo hizo sobre una ciencia que había cambiado profundamente —en parte, precisamente, por lo que ocurrió durante esos años en que oficialmente no pasó nada.
Para más información Facts on the Nobel Prizes in Chemistry – NobelPrize.org



